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sábado, 30 de marzo de 2013

Fanfic:NejiTen (El sol retorcido)

Este es un proyecto que también llevo tiempo sin continuarlo, es el único además, que a día de hoy escribo en el foro de fanfics de Imperio Nipon; se titula El sol retorcido y no excederá su largo de los 10-15 capítulos, los 4 primeros los tengo ya escritos, el quinto parcialmente y en la semana venidera concluiré dicha parte, junto con lo que resta del capítulo 18 del de Orilla de lágrimas. Advierto que trata el género Femdom (Dominación femenina) y por ello contendrá algunas escenas (un poco) fuertes.



Capítulo 1: Claridad

"Ni siquiera recuerdo cómo pasó. Solo que ocurrió"

Nunca fui una mala persona, al menos, no más que los demás. Ni cruel con mis padres y amigos, tampoco con los animales. Siempre fui justa, respetable, emprendedora. Jamás fui una niña que diese quebraderos de cabeza, al contrario.

Era la hija que todos querían tener, la que se esforzaba en el colegio, caía bien a la primera y con facilidad para hacer amigos. Vamos, el epítome de la buena conducta. El rasero por el que las madres regañaban a sus hijos:

“¿ves lo bien que lo hace Tenten?, ¿por qué no te esfuerzas más? ¡Qué vago tengo por hijo!”

“¡Qué notas más horribles me traes! No como Tenten…”

“Tenten no se ensucia, ¿por qué tú sí?”

“Tenten no se gasta la paga en chucherías, deberías aprender de ella….”

A día de hoy tampoco me calificaría como una persona violenta, ni siquiera me gustan las películas de acción. No suelo decir tacos ni frecuento pandillas peligrosas. Como decía, soy el epítome de la “niña buena”. Y aun así ocurrió.  Tal vez precisamente por ello, o tal vez sea algo indiscriminado que nos elige sin que tengamos ni voz ni voto, como la homosexualidad.

El caso es, que soy una sádica. Dominante y sádica sexual.





Un día cualquiera, caminando por la acera, tropecé con un pajarillo moribundo. Un coche le había atropellado un ala y en consecuencia, no podía volar. Estaba sucio, silbaba como agonizante, cojeaba y la sangre decoraba su plumaje. Aun así en sus ojos había mucha vida y me conmovió.

Recuerdo cogerlo y resguardarlo en el interior de una caja de zapatos que pocas horas antes me había comprado. Hice varios agujeros para que pudiese respirar y me lo llevé a casa.

A pesar de que mi padre es veterinario, no se lo enseñé, lo escondí en mi habitación, en la pequeña jaula que un tiempo atrás perteneció a mi hámster Pingu.

Lo lavé lo mejor que pude y vendé su pata, enderezándola a un trozo de palo de helado magnum. Pero no toqué su ala. Para cuando lo enjuagué, tenía la piel de las manos levantada, por tantos picotazos recibidos del moribundo.

Lo observé durante días, instándolo a alimentarse. A veces me hacía caso y otras no. Pero cuanto más lo miraba, más me gustaban sus ojos, sus negros, vivos y esperanzados ojos. No sé por qué.

Sobrevivió el tiempo suficiente para que su pata se curara, no así su ala. Ésta empeoraba con cada día que pasaba. Él mismo se la picoteaba, arrancándose las plumas, como las gallinas y su envidia.

Aun así, esa mirada no cambió nunca, siempre esperanzada, pero ¿esperanza por qué? ¿o de qué? Si ya no podía volar nunca más…

Y eso fue todo. Ya no trinaba, ni me picoteaba, ni comía, ni dormía. Ya no vivía, aunque estaba vivo. Y fue justo cuando agonizó, cuando expiró su último aliento, que su mirada se iluminó más que nunca. Fue maravilloso.

Entonces lo entendí, el ave esperaba que lo matase, esperaba que fuese cruel, desde el primer instante en que me vio, albergaba la esperanza de que no pasase de largo, porque su más preciado deseo, era morir. Lo había perdido todo y ya solo quería morir. Después de ser un ángel, no quería ser un perro.

Sentí un desmesurado placer al ver el gozo de aquel animalillo vulnerado, mancillado, a un paso del más allá. Y me dije: Tenten, a esto se reduce la vida. El gato que se convierte en ratón. El que todo lo tuvo, no tiene nada ya, se lo comieron. ¿Será su última sensación lo que recuerde eternamente? ¿Ese placer extraño del deseo cumplido?

Yo había formado parte de aquello. Qué maravilloso.

Mi curiosidad creció y fue en aumento con el tiempo. Porque llegué a un punto en el que no me fue suficiente con dominar la situación, con ver y orquestar sus piezas. Quería estar allí, en ese otro lado, para ver sus consecuencias.

De hecho, si hubiera podido, hubiese acompañado al pájaro hasta su otra vida. Solo para constatar si todas mis suposiciones eran ciertas. Solo para vislumbrar eternamente esos ojos negros de mirada esperanzada, viva, asustada, eterna en mis recuerdos.

No negaré que esa experiencia me marcó.  ¿Pero fue ello, lo que desencadenó, por así decirlo, mi “yo sádico”? ¿O fue esa experiencia, la que me mostró que ya lo tenía?

Como dije desde un principio, ni siquiera recuerdo cómo pasó. Solo que ocurrió.

Capítulo 2: Destello

Cuando me sentí preparada para explorar mi sexualidad, empecé a mirar en todas direcciones, a mi alrededor y pisando fronteras.

Mi curiosidad innata me llevó a querer explorarlo todo, pero no de carrerilla. Tenía don de gentes, aura de líder (al menos en el ámbito laboral), y poco tardé en descubrir que mi tendencia en tomar el mando, se aplicaba también a otros horizontes.

Bueno, en horizontal, en vertical, de pie, de espaldas, en diagonal, lo que hiciera falta.

Le encontré un gusto morboso a la suerte de mirar los ojos de mis amantes justo un instante antes de que se corrieran. Había luz allí, destellos de una satisfacción hecha carne que me hipnotizaba, me calentaba por dentro y solo así podía alcanzar el orgasmo.

Desde luego, un psiquiatra se cebaría conmigo, tú mismo puede que me califiques como loca, pero yo no me siento así, aunque tuve mis épocas.

No sé cómo me estarás imaginando, pero nunca he vestido de cuero, en plan dominatriz, para inspirar respeto. Siempre impongo, tanto a hombres como a mujeres, y no es por cuestión de altura precisamente.

Soy de rasgos más guapos que atractivos, de tez clara y ojos y cabello castaño. Gozo una buena talla de pecho, aunque mis caderas, finas, no rotundas, me suelen quitar puntos con los hombres. Mi culo es prácticamente inexistente, pero al menos no tengo estrías o celulitis, y lo poco que poseo es más respingón que achatado. Lo cual, disimula todo lo anterior.

No me gusta usar maquillaje, a excepción del pintalabios. Que tiene que ser en tonos fuertes: marrón oscuro, rojo sangre, granates, dorados… Hubo un tiempo en el que no podía salir de casa sin él, o me sentía desnuda. Ahora me gusta más llevar un par en el bolso y pintorrear los labios de mis amantes con ellos.

A veces, cuando los ato y están arrodillados ante mí y les cruzo la cara con el dorso de mi mano, cuando el pintalabios se ha corrido y emborrona la mejilla, cuando me miran desamparados, airados, avergonzados, esperanzados…me invade una ternura inhumana, es apenas soportable, es…un sentimiento maravilloso, indescriptible. Es lo que me hace reincidente.

También, cuando me paso de la raya, bien porque he tenido un día  particularmente malo, bien porque no me doy cuenta; cuando estoy a solas, en mi casa, lloro.

En ocasiones, el andar de la cama al lavabo me hace repudiarme a cada paso. Llegaba al espejo y rompía a reír a carcajadas, insultándome.

Los que me eran particularmente cercanos podían notar en mi voz que las cosas no marchaban bien, pero cómo decirles: No te preocupes, es solo que un esclavo rubio y guapísimo me ha dejado torturarlo. Me desquito a conciencia hasta molerlo a palos, y si me suplica por más, con gusto lo destrozo. Y todo eso antes, durante o después de una buena follada. En fin, la paliza que le propiné no consiguió robarme las ganas de seguir disfrutando de mis salidas secretas, pero sí que tengo más cuidado en elegir a los hombres con los que me acuesto. Nada de rubios para mí, los dos últimos con los que me lié se mearon encima antes siquiera de tocarles. Literalmente.

Si se es mujer, dominante y encima sádica; las probabilidades de encontrar una pareja al que le fuese ese royo era del 4%. Aunque podía ser peor, podría haber sido una mujer dominante, sádica y lesbiana.

Y con una estadística tan pobre me vi obligada a buscar experiencias en lugares que avergonzarían a un demonio.

Uno de ellos, y el que más frecuento, es el llamado Minimal. La primera vez que puse un pie allí estaba aterrada, y el austero decorado exterior no hacía mucho por motivarme. Solo el miedo corroía mis entrañas, me sentía como si por mis arterias anduviesen pequeñas cuchillas destrozándome por dentro los nervios. Me sentía mercurio, sentía mis venas mercurio, pesado, derretido, sembrado de chinchetas. Y aun así con interés por todo lo oculto a la vista.

Una vez dentro me invadió una serenidad sobrecogedora, era como verme desde fuera, mi cuerpo ya no era mi cuerpo, sino el de alguien más. Alguien que se movía con gracia y tranquilidad innata.

Recuerdo que la mayoría de los presentes en el hall dejaron de hablar y de entretenerse, posando sus miradas en mí, evaluándome. Era carne fresca, nueva.

Me sorprendió que la única mujer en aquel salón vistiera un bodi negro lleno de hebillas, estuviera descalza y llevase puesta una correa de perro. Más que chocante, fue la impresión, la vibración que transmitía de seguridad en sí misma. Estaba sola, rodeada de hombres fornidos y si le ocurría algo nadie podría oírla gritar. Nadie la rescataría allí dentro. Tampoco a ella. ¡Ay Dios mío!

La mujer me vio, y justo cuando pensé en dar media vuelta, me empujó hacia el mostrador e hizo sonar una campanilla, tal cual se tratase de un hotel.

Debió de percibir mi desasosiego, porque sonrió y luego se colocó un mechón rosa tras la oreja. Al principio creí que llevaba puesta una peluca, pero al estar tan cerca, descubrí que era un tiente. Uno en llamativo y eléctrico rosa.

Le di mis datos, me hice socia (antes de cambiar de idea) y me acompañó en un recorrido por la instalación. La mayoría de los hombretones de antes dejaron de mirarme al saber mi tendencia sexual, otros muchos no. Al fin y al cabo, por eso estaban allí, ¿no?

Y cualquier duda que hubiese podido albergar quedó mitigada ante la imagen que encontré en uno de los umbrales.

Más tarde descubrí que a aquel cuarto lo llamaban “La belleza del amor”. Y entendía perfectamente por qué.

Capítulo 3: Luz

La vi: era una muchacha japonesa.

Colgaba flácida a un palmo del suelo, partes de su cuerpo se retorcían sin orden concreto, los brazos se extendían doblados hacia atras, el único hilo que la estabilizaba era la cuerda anudada que sobresalía de un gancho del techo.

Si al pasar el aire no hubiese transmitido el mensaje de su pasión, me hubiese quedado estrepitosamente claro al fijar la vista en sus muslos, ya que de entre ellos se escabullía cuesta abajo su feminidad.

Pero el rostro, eso fue lo que me cautivó. Rostro arrasado por un éxtasis nunca visto. Un rostro lleno de contento. Una dicha poderosa, precaria, peligrosa, dolorosamente alcanzada, empapada de conocimiento, consciente de su efímera grandeza; como debe ser la dicha.

Un hombre obeso, que debía de rondar los 50 años cuanto menos, de brazos fuertes y manos grandes, descalzo y con coletita (como si fuese un samurái o un luchador de sumo); estaba enfundado en un kimono pardo junto a la joven que colgaba del techo. Sin duda se trataba del maestro. Y su rostro exudaba orgullo, placer y una contenida devoción. Sostenía una fusta.

A su derecha, un grupo de hombres maduros, de aspecto respetable, luciendo elegantes quimonos, también descalzos, admiraban la obra. Maravilloso…”La belleza del amor”, era perfecto.

Y pensé: yo podría ser él, yo podría convertirme en una experta del bondage. Podría llevar mis relaciones sadomasoquistas un paso más allá, podría crear arte. Ser la responsable de las increíbles sensaciones que parecían invadir a la joven asiática. Y saber que todo era por mí, y gracias a mí.

Me picaban las manos. Deseaba con una impronta desbordada el hacerme con aquella vara, quería fustigar el trasero de aquella joven que no debía ser mucho mayor que yo. Quería verla gemir, que me necesitase. Quería observar sus ojos el instante previo a su orgasmo. Quería que fuese mi pájaro, mi cautivo gorrión, pero uno al que pudiese acompañar después hasta el otro lado. Una cerca de placer, sentimiento, éxtasis y VIDA.

Belleza del amor colgada del techo a modo de decoración. Pieza escultórica viva.

Bondage: antigua forma de tortura convertida en arte erótico.







Hoy es jueves,  lo que significa que veré a mi Dómina. Se hace llamar Tenten, no sé siquiera si ese es su nombre real. La mayoría prefieren elegir un sobrenombre ficticio. Un día conocí a un tipo que se registró con el Nick de Terminator.  Con eso lo digo todo.

Yo por el contrario, decidí emplear mi nombre auténtico: Neji.

El Minimal es el primer establecimiento BDSM al que voy. Y Tenten la única Dómina que he conocido.
Si no acudo a otra no es por sentimentalismo, lo hago por afinidad. Me da lo que busco y ansío, conoce mi cuerpo como el suyo propio. Tal vez mejor. Los interludios, las sesiones con ella son agotadoras, electrizantes, me liberan. No puedo pensar. No tengo nada en o por lo que pensar. Solo siento.

Sé que a muchos de los “sometidos” les ocurre lo mismo. O bien tienen una preferida o bien una favorita fija, como es mi caso.

Ya antes de entrar en Minimal había tenido mis escarceos sexuales, pero ninguna de las mujeres que he conocido pudo colmar mis necesidades. Por eso vine aquí, y por eso aún no me he marchado.

Antes de Tenten, ni siquiera veía el sexo como un placer,  solo como un desahogo a un calentón.  Los preliminares me aburrían, viéndolos como pasos necesarios para satisfacer a la mujer. De hecho, y aunque me cuesta reconocer, he fingido un par de orgasmos; bien disimulados desde luego.

Después de Tenten, gloria. Ella es pura y dura. Maneja muy bien todo tipo de armas, lo que me enciende. Es lista y muy imaginativa. Y aunque yo no hable mucho, ella parece saber siempre y exactamente lo que necesito.

Los jueves era el único día que Tenten podía venir al Minimal, y aunque nunca hablábamos de trabajo o hacíamos intrusiones en la vida personal del otro, sabía que era por prohibiciones de su horario. Al parecer, Tenten ostentaba algún tipo de cargo de poder y no podía librar más de un día por semana.
Aun así, el mes que hacía que la conocía me sabía a cielo. Y hoy estaría entre las nubes.

La habitación escogida estaba pintada en blanco neutro. No había mobiliario. Solo un par de tubos fluorescentes colgados del techo para iluminar la estancia, y una alfombra negra con las esquinas imitando el estampado de cebra. En el lado opuesto un perchero, también en negro, y una hebilla de latón sobresaliendo del techo. La llamaban la estancia de “cuerdas crisálidas”. Y aunque nunca la había probado, estaba seguro de que haría honor a su nombre.


Capítulo 4: Reflejos

Siempre me deja instrucciones escritas. Algunas veces justo antes de irse, otras, solitarias en el habitáculo escogido. Hoy no era distinto.

Me dirigí hacia el sobre gris pulcramente colocado en el centro del cuarto, sobre la negra alfombra de piel de oso. La abrí. La caligráfica letra de Tenten se presentaba limpia, ordenada, sin tachaduras ni borrones, rayando lo meticuloso.

No tenía ni idea de lo que esta vez me podría ordenar. En una ocasión me obligó a llevar (durante toda la semana) su ropa interior femenina. Aquella petición era algo que podía realizar, a fin de cuentas nadie más con excepción de ella y yo sabíamos que la llevaba puesta.

Cada día me enviaba las que había utilizado la noche anterior, resultó ser una experiencia excitante: entre el peligro de ser pillado, el saber que me acompañaba algo suyo y el conocimiento del lugar al que había pertenecido; junto con todos los recuerdos de días previos en el Minimal, consiguieron que me empalmase más veces en esa semana que en toda mi vida.

En otra ocasión, en la sala “Tenedor”, me ató a una silla, con una mano en cada brazo del asiento. Cuerdas rojas formando nudos de serpiente a lo largo de mis brazos y hombros, mordiendo mi piel. Ella colocó frente a mí una pequeña mesa de cocina, manteniéndose de pie en la orilla opuesta. De su bolso de Chanel extrajo un fuet. El extraño paralelismo estimuló mi risa. Ella no sonrió.

Dispuso varios instrumentos de cortar sobre la encimera, con el fuet en vertical mirando hacia mí. Tenten sujetó el enorme machete de acero inoxidable que cayó con sentencia perpetua sobre el fiambre. Lo troceó hasta hacerlo picadillo.

Yo me excité, no obviando la comparación del fuet con mi pene, y lo que ella me podría hacer, pues, por mucho que gritase, en esa cueva de dolor y pecado, nadie vendría a salvarme. Podría castrarme, torturarme, mutilarme,…,y a nadie le importaría una mierda.

Ese era el mensaje que ella me quería transmitir, y no le gustó que a la primera insinuación me lo tomase a broma. Con aquella demostración posterior me decía: Esto no es un juego. Conmigo no es un juego. Ve enterándote, chaval.

Después la vi sacar un tenedor del bolso, la observé mientras ella engullía, masticaba, tragaba…cada trocito. No apartó su vista de mí y eso me excitó, ¡joder si no!

Tenten era un Dómina muy peculiar, y original, pero eso ya lo había dicho, ¿no?

Nunca lo hacíamos con la luz apagada o en cuartos de pintura que fuesen excesivamente oscuros. Le gustaba la luz, los colores, lo brillante.

Releí de nuevo el contenido de la nota, la devolví al sobre y me dispuse a acatar, una vez más, sus órdenes.







La picada de la luz irritó mis ojos un instante antes de entrar en el Minimal. No me paré a charlar con nadie y nadie se paró a hablar conmigo.

Sería hipócrita pretender interés por los asuntos ajenos. El egoísmo era la ley, la norma básica de aquel lugar. Si alguien se me acercaba sería para ofrecerme sus…servicios; o con la intención de que yo le ofreciese los míos.

Mujeres dominantes había bastantes, pero que encima fuesen sádicas, no tantas. La novedad, las ganas de probar las cosas nuevas, aunque fuese tan solo una vez, atraía a los rezagados como polillas a la luz.
Ya había perdido la cuenta de todas las ofertas, masculinas y también femeninas, que me insinuaron los allí presentes. Me gustaba aprenderlo todo, estudiarlo, investigarlo y si mi compañero de cama fuese cambiando más deprisa que yo de bragas, perdería toda lógica, y ganas. No podría trazar patrones ni planes, y me aburriría.

La gracia se encontraba precisamente en el factor sorpresa, en el estímulo. Cada vez que averiguaba algo nuevo que le diese placer, sus fantasías, sus miedos,…. ¡ese era el momento cumbre!, el más excitante después del orgasmo, por supuesto. ¡Pero que delicia! Por eso no reemplazaba a Neji, en ese sentido, lo necesitaba tanto como él a mí, puede que más. El tiempo lo diría.


Me lo encontré tal y como dejé constancia. Desnudo, abierto en forma de X sobre la alfombra, con mi carta ocultando su polla (o al menos intentándolo). No estaba atado. Todavía. Y su cabello azabache, lustroso y brillante aun sobre un fondo negro, estaba suelto, formando un abanico de finas hebras. Tenía los ojos cerrados, tal y como le indiqué que hiciera, era un toro tranquilo reposando. Su nerviosismo solo quedaba patente ante el tembleque traicionero de sus párpados. Párpados que culminaban en espesas y hermosas pestañas negras.

A medida que me fui acercando, con el eco de mis tacones contra las baldosas, su respiración fue en aumento, a la par que las contracciones de su estómago.

La orilla de mi vestido de gala, rematado en flecos de plumas, le rozó un tobillo. Él curvó los dedos de los pies. Yo sonreí.

La insolencia de su cuerpo me cautivó. Emitía un aura poco común. Era como si me hablase y dijese: ¿No tienes curiosidad, Tenten? Puedes corromperme….vamos… ¿por qué no? ¿Por qué no?

Deslicé la punta del zapato por el interior de sus muslos, aumentando la presión cuanto más cerca estaba de la meta. Su erección desplazó la carta hacia su abdomen, la seguí con la mirada y después la pisoteé.
Neji abrió la boca, lanzando un alarido silencioso. Su polla llorando, goteando perlas de gusto y de desconsuelo. Rocé con el tacón de aguja la punta roma de su pene, fui sutil, pero la amenaza estaba implícita: pórtate mal y lo lamentarás.

Le hice darse la vuelta, manteniendo la forma de X. Alcé sus caderas con mis manos, obligándolo a permanecer en esa posición. Después me erguí y perforé el ano con el tacón.
Antes de la sesión le advertí que se lo lubricase, no me había hecho caso y ahora estaba sufriendo. Que se joda, así aprendería…

No fui fina, ni dulce, lo follé con mis zapatos nuevos. Primero uno, después el otro. No había mejor forma de estrenarlos.

En algún punto del camino Neji comenzó a gemir y a mover las caderas para encontrarse con mis envestidas. Cada vez que eso sucedía, le golpeaba el trasero con el cinturón de sus propios vaqueros, olvidados y escondidos bajo algún punto de la alfombra.

Cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, retiré mi zapato, negándole la satisfacción. Los verdugones, que pasaban del rojo al ciruela más profundo, decoraban su bello culo. No cabía duda de que no podría sentarse durante días.

Me arrodillé tras él, acaricié su esfínter con la punta de mis dedos, solo un sutil roce con la yema, Neji jadeó. Me incliné y le besé su ojo oscuro, ascendiendo después, y muy lentamente, a lo largo de la espalda.
Volví a las mejillas de sus glúteos, pellizcándoselos, manoseándolos, besándolos…Le ordené que subiese más las caderas, e inclinando la cabeza, lamí su polla desde la punta hasta la base, sorbiendo sus pelotas como si fuesen un helado, y no cesé hasta que se corrió. Solo entonces le permití gritar, girando su rostro hacia el mío, permitiéndole abrir los ojos, para poder ver la luz de la pasión. El reflejo de la satisfacción. Y cuando más tarde yo misma me corriese, estaría esperándolo en el otro lado, ese lugar que me era prohibido.

Pero hasta entonces quería jugar un poco más con su cuerpo, dañarlo más salvajemente. Y la noche aún es joven.

Continuará.....

martes, 19 de marzo de 2013

NejiTen: Orilla de lágrimas (un extracto del capítulo 18)



Capítulo 18: Allá donde estés


-¿A dónde ha ido? –preguntó mirando los bellos ojos de Tintin, que era quien le daba la noticia.
La princesa tardó un momento en contestar, cruzó el pasillo esperando que él la siguiera; hasta dar con un sillón granate, junto al ventanal con vistas al jardín. Ella se sentó, él estaba demasiado exaltado para hacerlo.
Mientras la veía tomar un sorbo del té que reposaba en la pequeña mesa situada entre los dos, Tintin ladeó la cabeza en un gesto de consideración mientras lo analizaba. Ese gesto debía de venir de familia, pensó Neji, al recordar la forma en que su mujer lo repasaba con la mirada durante el momento previo a una discusión. Habría sonreído de no estar tan intranquilo.

-Antes de que me decida a contestarte me gustaría preguntarte algo. –aclaró ella.

-¿Si?

-Si Tenten se niega a volver contigo, ¿realmente pretendes pedirle al Consejo que la obligue a volver?
-Princesa, a veces creo que ni siquiera el Consejo de ancianos podría conseguir que mi mujer hiciera algo que no quiere hacer-dijo con ironía.

Tintin no parecía satisfecha. En cambio, continuó mirándolo como a un bicho raro. Él aspiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud, tratando de pensar cómo contestarle, cuando no sabía cuál era la respuesta. Finalmente dio a Tintin la contestación más honesta y directa que pudo.

-Me niego a aceptar la posibilidad de que ella no vuelva conmigo, me niego rotundamente.

-y ¿durante cuánto  tiempo más piensas seguir negándote?

Él apretó la mandíbula y afirmó:

-Hasta que ella también lo vea así y descarte esa opción.

-Esos es mucho tiempo –cogió la cucharilla de plata de la taza y la introdujo en el azucarero.

-Sí. –concluyó, con los labios apretados. No podía discutirle el punto.

-El amor no es la base de tu determinación para conseguir a Tenten.

¿Acaso era una acusación, una condena? Antes de que pudiera decidirlo, ella bebió otro sorbo de té y dijo:
-Tenten está en Sharo.

La repentina capitulación lo sorprendió y, aunque no intentó demostrarlo, ella lo notó.

-No lo esperabas, ¿no?

-No, princesa, no lo esperaba.


Sharo era el lugar de descanso predilecto de su esposa. No estaba muy lejos del país de la Nieve, pero tampoco precisamente a la vuelta de la esquina. Cuando salían juntos, después de semanas en las que Tenten se esforzaba particularmente con los asuntos de estado, después de largos periodos  de encierro en un despacho o simplemente porque necesitaba un respiro, se “escaqueaba” a Sharo.

La pequeña aldea se situaba junto al afluente de un río que proporcionaba el 40% del agua potable de la villa contigua. Eran pocas las veces que lo había visitado, y siempre por insistencia de Tenten.

Allí, los días parecían durar más…al igual que las noches. Los cipreses acaparaban cada campo en quilómetros en la redonda; y al anochecer, una variedad muy particular  de jazmín florecía. La misma esencia que le encantaba utilizar a su mujer.

 Verdaderamente, Sharo, era  un humilde paraíso. Y probablemente el único lugar en el mundo en el que los sueños, al menos los suyos, se hicieron realidad…aún si fueron por poco tiempo. Si fuese a morir mañana, Sharo sería la clase de lugar en el que me gustaría tomar el descanso eterno.

No era de extrañar que Tenten se escaquease allí siempre que podía. Pero lo era el que se marchase precisamente ahora.

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martes, 28 de agosto de 2012

textura









martes, 24 de enero de 2012

Fanfic SasuSaku: Equilibrio Ciego

Cap.4: Prevenida


El diablo susurró entre las hojas: “Es bonito, pero el amar realmente merece la pena?”




Sasuke terminó de vestirse meditabundo, sin prestar atención a sus movimientos, su cabeza voló junto con su cordura, explayándose en la inesperada “visita” de Sakura.



Era malditamente consciente de que el estar parcialmente desnudo en una cama y tenerla a Ella inclinada cerca suyo, expectante y sonriente, confiada y oliendo a cielo, era lo más cercano que había estado alguna vez, y de lo que estaría jamás, de rozar sus fantasías más salvajes. No sabía si reír o llorar por ello.



Aún no me podía creer que se hubiese colado en mi dormitorio. Cuando éramos ambos más jóvenes es cierto que convertimos el “allanamiento” en una costumbre, pero desconocía que mi hermanita aún tuviese ese hábito.



De tener constancia, es tan claro como el agua, que me habría pillado con un pijama grueso de cuello alto y tanta tela sobre mí como para asfixiarme. De solo pensar que me había visto medio desnudo, con el pelo tieso, legañas en los ojos y, que por supuesto, seguro la había deleitado con una sonata de ronquidos; hacía que tuviese ganas de escarbar un hoyo y quedarme allí hasta que se me pasase la vergüenza, digamos… ¿unos 30 años? Rogaba a Dios que al menos no se hubiese percatado de mi erección matutina (que nada tenía que ver con la hora del día y sí con la persona que me había despertado), porque de lo contrario ya podía ir añadiendo otros 30 años a la suma.



De lo que estoy seguro, es que con vergüenza o sin ella, el episodio de hoy no lo olvidaré en la vida. Nada más entreabrir los ojos, allí estaba Ella, resplandeciente, como una sirena que tienta a los marineros a su paso; y apunto estuvo de chocar contra las rocas.



Luego de toda una noche de sueños tórridos con Ella; los cuales tengo tan a menudo que ya he sobrepasado el punto de retorno, ya no siento ni vergüenza al hablar de ellos; aún así fue inevitable que al tenerla tan próxima, con todo en mi mente tan reciente, me excitase.



Generalmente cuando Sakura anda cerca, o bien intento no mirarla directamente a los ojos (al igual que hacía en el pasado), o bien, si es inevitable el roce, poner todo mi autocontrol a funcionar para no lanzarme sobre ella como un salvaje.



Hasta la fecha nada de esto ha parecido funcionar para dejar de desearla, o para que mi lujuria por ella disminuyese, pero al menos he aprendido a no ceder a los impulsos, a no destruirla y atarla conmigo en la caída; que es más de lo que un hombre, que cualquier hombre que siente, puede otorgar. A fin de cuentas, no soy un santo, no soy el héroe.



Tan solo soy un ser humano que anhela, siente, quiere, teme, se ahoga y cae…cae en una rueda puesta a la fortuna de la vida, como un cliché Shakesperiano. Qué absurdo, que certero; cuán precio.



Alguien dijo una vez que todos somos marionetas del destino, si es así entonces mi sino debe divertirse de lo lingo conmigo, como si fuera una de sus piezas favoritas del tablero (o quizás la única que se le resiste)…y yo le reto: << ¿Acaso no tienes nadie más a quién atormentar? ¿Otro peón con quien jugar?>> Pero sé por experiencia que el hado se jacta de mí, riéndose en mi cara, espoleándome a cometer alguna estupidez, apostando en mi contra cada vez una mano mayor, a la espera de que ceda y me desmorone, de que haga una estupidez.



Posiblemente es una insensatez pretender retomar una relación “saludable” con mi hermana, quizás hace ya tiempo que sobrepasé ese punto de no retorno y no me di cuenta. O tal vez el incidente de hoy es algo puntual, una escena que estoy calibrando más de la cuenta. Tal vez nunca vuelva a suceder un episodio parecido y jamás me vuelva a encontrar en estos embrollos. Tal vez…. ¡uf!... ¡hay tantos “tal vez” en mi vida!



¡Joder! ¿Es que uno no va a poder estar tranquilo ni mientras duerme?

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Las horas en compañía de Naruto siempre me pasan deprisa, hoy no fue la excepción.

Cuando salí de mi clase semanal de pintura y me encontré “casualmente” con el rubio, con un hambre atroz en el cuerpo (ya que eran más de las dos y media de la tarde y yo sin almorzar) y con ninguna buena excusa para zafarme de su compañía, terminé por aceptar salir a comer algo por ahí. Como dijo el ojiazul; “por los buenos tiempos”.



Acabamos entrando al local <>, un restaurante de reducidas dimensiones pero que contaba con dos formidables chefs, quienes empleaban el negocio más como un juego en prácticas que como establecimiento en sí. Es decir, ellos creaban continuamente nuevos platos para colocarlos después en fila india sobre una tira en constante movimiento, como las del súper. Si lo que se busca es originalidad e innovación, entonces este es tu sitio (y por un módico precio además). ¡Leches! ¡Deberían contratarme como publicista! …



Durante mi noviazgo con Naruto, éste me trajo aquí incontables veces, fundamentalmente porque los chefs siempre probaban a hacer recetas nuevas de ramen, como dicho plato es su favorito, nunca se las quería perder.



La conversación con mi ex fluyó, con Naruto siempre era así, tenía un don para la palabra, no importando la situación o el ridículo que pudiera hacer, él siempre lograba que me sintiese cómoda a su lado. Y esta faceta suya, fue primordialmente lo que hizo que me interesase en él cuando lo conocí. Sin embargo, en cuanto a la intimidad se refiere, fue un completo desastre.



Todos tenemos nuestras fantasías secretas/preferencias, pero jamás sospeché sobre la tendencia sexual de Naruto. Al parecer era masoquista, así que el único modo de conseguir que se excitara era a través de métodos poco…convencionales: bofetadas, tirones de pelo o de orejas, mordeduras hasta sangrar, latigazos de cinturón, golpes de pala en sus cachetes, el uso de tenazas para…(en fin, creedme, si digo que no querréis conocer el resto).



Al principio todo fue bien, incluso excitante; pero con el tiempo acabé haciendo cosas que luego lamentaba, con cada contusión en el inmaculado cuerpo de Naruto, más me odiaba (por lo que hacía, por lo que me hacía hacer y por lo que me hacía a mí misma).



Me encantaba pasar el tiempo con el rubio, siempre tan divertido, todo luz atrayente, supongo que en cierto sentido lo veía como mi ángel redentor, como mi guía en medio del mare magnum que era mi vida bajo la superficie. Pero en cuanto lo conocí mejor, me hice a la idea de que él tampoco es ningún ángel, no es la perfección que anhelaba, él también tenía sus quebraderos de cabeza y sentimientos inquietantes. Mi error fue no darme cuenta…o hacerlo demasiado tarde.



Yo miraba a Naruto y veía todo cuanto codiciaba, era la personificación de mi propia interpretación vacía, pues él verdaderamente es la que aparentaba (quizás no fuese un adonis, pero no fingía nada. Nunca). Si estaba triste o enfadado lo transmitía en su voz, gestos y comportamiento. Su rostro era como la ventana de su espíritu, transparente. Naruto era así, transparente. Es lo que yo me esfuerzo tanto en fingir.



Supongo que Naruto vio en mí algo parecido, creyó contemplar la silueta de la perfección y cayó encandilado, salvo que en mi caso…jamás descubrió lo que tras la fachada se escondía. La única vez que me desmoroné, que dejé de sostener el telón, fue precisamente el día en que terminamos nuestra relación.



No obstante, durante el tiempo que duró nuestro noviazgo, fingí espléndidamente, ¿no lo hago siempre? Pero estaba tan sola con mis padres siempre trabajando o Sasuke vagando solo sabe Dios dónde o con quién…que hice de Naruto mi ancla, hasta que todo se descontroló.



Cuanto más lo conocía mayor era el abismo que nos separaba, más me daba cuenta de lo distintos que éramos; pero decidí ignorarlo…”corazón que no ve, corazón que no siente”…pero sí que sentía…y fue doloroso.



Después de intimar, la línea invisible que nos separaba se hizo más fuerte y dilatada, que no se malentienda; no es que Naruto fuese un masoquista extremista, de esos a los que tienes que torturar o atizar hasta hacerlo medio desangrar (a extremos y cuanto más mejor) para lograr excitarlo completamente, con que le diese un par de cachetadas furiosas (al puro estilo “pelea-de-enamorados”), lo pellizcase en el momento justo (en trasero, hombro…donde lo pillase) para tener luego sexo desenfrenado y dar a su orgasmo una mayor altura era suficiente para él. No es nada con lo que no pudiese lidiar; pero no fue hasta el fatídico <> que no me di cuenta de cuán diferentes somos nosotros y nuestros gustos. Supongo que en cierta forma no me importaba el tipo de relación que mantuviéramos, siempre y cuando Naruto no me dejara. Pero no siempre se puede tirar de una cuerda floja.



Aquel funesto domingo quedamos para ir a un nuevo salón de juegos (en la zona donde vivimos no hay muchos sitios a los cuales salir y la noticia del salón recreativo era todo un evento), yo había tenido un mal día (en realidad uno peor que malo) y él llegaba tarde; así que cuando por fin apareció, con su estúpida y alelada sonrisa en su “perfecta” cara, exploté. No sé qué se apoderó de mí, pero al minuto estaba de pie ante él, y al siguiente estaba sobre él, en mitad de la acera, golpeando su rostro una y otra y otra vez con mis puños cerrados.



Naruto, mi ingenioso y querido Naruto no se resistió, ni siquiera movió un dedo para defenderse, tan sólo se quedó allí tumbado mirándome, entre sobrecogido y asombrado, sangrante. El ver gotear ese vital fluido rojo fue lo que me refrenó, la guinda que me hizo volver en mí.



Los sonidos se hicieron nítidos y cuando alcé la vista, me arrepentí al momento. Decenas de curiosos se arremolinaban como aves de rapiña a la espera de más espectáculo, las mujeres gritaban “¡salvadlo, quitádsela de encima!” o “¡que alguien lo ayude!”…y cosas por el estilo, pero ellas no movieron ni una de sus preciosas uñas para interponerse entre Naruto y yo, algunas hasta lloraban, ¡Por Dios! tanto drama…



Cuando volví a mirar hacia abajo, unos ojos brillantes me esperaban.



Naruto tenía el labio partido, así como una de sus cejas y un profundo corte en la mejilla. ¿Había hecho realmente yo eso?, miré mis manos que temblaban, y al ver la sangre y el anillo del revés, el cual era filoso por culpa del desprendimiento de una de sus piedrecillas de amatista, supe que sí.



No recuerdo lo que dije o lo que hice después de aquello, pero fue Naruto quien me sostuvo en apretado abrazo hasta que no quedó dentro de mí más llanto, fue él quien me siguió mimando y mirando con deseo mientras me besaba el pelo. Y al tener conocimiento de que mi “rabieta”, por decirlo suavemente, lo excitó; como evidenciaba la oculta presión de su miembro contra mis vaqueros, tan solo sirvió para empeorar más las cosas.



Esa tarde Naruto me vio por dentro, tal cual, sin el disfraz de princesa; y le gustó, ¡Dios, le encantó!; pero yo no me gustaba a mí misma, ¿cómo podría? Convertí a mi amante, novio y amigo en mi chivo expiatorio. Descargué el resentimiento de toda una vida en alguien que aprecio. Soy despreciable, un mal bicho, la mala hierba, perversa, cruel. Pero hasta ese día, nunca supe hasta qué punto.



Si yo no hubiera terminado mi relación con él (haría ya unos 6 meses), me habría acabado destruyendo a mí misma. Todos tenemos un tope, y yo lo sobrepasé. Mala chica.



Durante la comida de hoy con Naruto hablamos de esto también, a él no le importa como sea…mientras le siguiese abofeteando tan fuerte hasta hacerlo llorar…mientras enterrase las uñas en su espalda tanto como me fuera posible, tan hondo que le saltase la piel a tiras, como surcos diminutos de latigazos…Naruto quería ser mi particular catalizador de daños, pero yo no podía permitir eso. Sino por él, por mí, porque con cada herida suya, más profunda se hacía la yaga que mora en mi corazón, más hondo caía, más me humillaba, y yo lo que quiero es precisamente lo contrario: huir; volar fuera del pozo, no apretujarme en sus entrañas ¿se entiende o estoy loca? Bueno…quien sabe…



Él quería más de esto, más de lo que le pudiese ofrecer. Y yo no quería separarme de su lado, tal vez por el único motivo de que él me veía. Realmente me veía sin las gafas rosas, le gustaba yo, ¡YO! Pero en ambos casos el tipo de relación no era amor.



Entre tazón y tazón de ramen hoy hablamos también de sus planes, pronto se mudaría en consecuencia al divorcio de sus padres y quiso despedirse. ¡Dios, soy codiciosa incluso para esto! Naruto me gustaba, pero sólo como un amigo, de hecho, pasase el tiempo que pasase, siempre sería mi mejor amigo, mí más querido y preciado. Mientras me hablaba de la mudanza y de los proyectos que tenía para el futuro, en lo único que podía pensar era en que no quería que me abandonase. Soy avariciosa incluso para esto, es como si tuviese la situación que tuviese, me sintiese insatisfecha en la vida…bueno, en realidad sólo con la mía.

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Eran las siete de la tarde pasadas cuando Sakura llegó a casa, no sin antes evadir a un vendedor ambulante, unos nubarrones que no tenían muy buena pinta y más de un par de colegialas que preguntaban por la dirección de Sasuke. Antes simplemente la interrogaban para saber si su hermano se dejaría caer por la “Paladium” o el “Soho” (ambos unos locales de mala muerte), pero ahora que parecía que cada vez pasaba más tiempo en casa, los esfuerzos del alumnado femenino habían pasado de lo imperioso a lo titánico. Sinceramente, me daba más miedo encontrármelas a ellas en un callejón oscuro que a un vándalo. ¡¿Quién sabe lo que estarían dispuestas a hacer por conseguir sus propósitos?!



Mientras se sacaba los zapatos y los guardaba en un casillero, el dulce olor de la comida casera recién hecha impregnó todo el pasillo, seduciendo su olfato. Un momento, olía como a… ¡galletas!...ummmm…casi podía saborearlas...



Caminó, o mejor dicho, trotó hasta llegar a la cocina; y una vez allí se detuvo en seco. De nuevo, Sakura hubiera dado cualquier cosa por tener una cámara digital a mano, la estampa de Sasuke; remangado hasta los codos y mirando ceñudo un libro de recetas, concentrado como si intentase resolver un problema dificilísimo, con restos de harina en la mejilla y el rubor propio del haber trabajado entre fogones, era la cosa más encantadora que había visto en mucho tiempo. Casi se podía ver al niño pequeño que fue en su día. ¡Kawaiiiii!



-Me has dejado ciega –dijo ella, con una sonrisa torcida.



Él, al oír su voz, dejó lo que estaba haciendo para mirarla, se irguió lo más que pudo. Metió los pulgares bajo las solapas de la parte superior del delantal e hinchó el pecho.



-No puedo dejar que me eclipses –decidió Sasuke. Después de indicarle por señas que se sentase en uno de los taburetes de la cocina, volvió a lo suyo.



Sakura hizo un intento por saquear una galleta de las de la primera horneada, una nunca estaba lo suficiente llena para comérselas; pero Sasuke tenía otros planes; le dio un cachete en la mano con una espátula de madera justo cuando había escogido la más grande, haciendo que ésta cayese de vuelta al plato.



-¿Sabes? Es injusto, ¿cuántas te has comido tú ya? –replicó ella.



Él la ignoró, aunque sonreía divertido. En realidad Sakura tenía el estómago lleno (¿quién no después de zamparte tres cuencos de ramen?) pero viendo como tanto se esforzaba… ¡incluso le había preparado galletas!, reculó en su diatriba. Habría sido bastante descortés, sino cruel, el soltarle tal lindeza; sobretodo porque había sido ella lo había manipulado (muy sutilmente, por supuesto) para que preparase la cena. Así que por el contrario curioseó:



-Ya que no me dejas echarle el diente a mi postre favorito, ¿vas a decirme al menos que hay para cenar o es un secreto de estado?



-Nada espectacular; arroz con curri, algo de pulpo a la plancha y la ensalada con verduras del todo a cien.



-No, en serio.



-Lo digo en serio, esto es lo que hay de cena. –señaló en su tono más convincente. Veamos, o era mejor actor que ella o… ¡válgame Dios!... ¡realmente tenían rabos de pulpo para cenar!... ¡y la ensalada reseca del 24 horas!... ¿era demasiado tarde para justificar que estaba llena?



- No me mires así. –intervino él.



-¿Así como?



-Como si fueras una niña pequeña a la que hubiesen estafado con ir al dentista en vez de a Disneylandia.



Ese comentario rompió la tensión que súbitamente se propagó por el ambiente y los hizo a ambos reír. Sí, advino al ver como los músculos tensaban la camisa de Sasuke, decididamente no era un niño. La imagen de él reclinado en su cama, con una rodilla parcialmente levantada y el torso al descubierto, indefenso mientras dormía, aún no se le había borrado de la memoria, tal vez nunca.



Y cuanto más lo pensaba, más segura estaba de la hermosura de su hermano. No importaba lo que estuviese haciendo, ni el estado de ánimo en el que se encontrase (furioso, cansado, leyendo, animado…) él siempre se veía bien. La artista que habitaba en ella no podía escaparse de hacer comparaciones; con sus facciones relajadas, su piel casi del blanco más puro, los ojos de un ónice intenso que evocan a soñar y una naturaleza de fuerte temperamento controlado; Sasuke era inolvidable. Bello e inolvidable. Y antes de darse cuenta Sakura preguntó:



-¿Sasuke, posarías para mí?



El aludido, quien estaba revolviendo los armarios de la cocina en busca de las especias, se sorprendió de tal modo, que no vio venir la manilla de de la estantería superior que mantenía abierta hasta que fue demasiado tarde. Un sonoro ¡plok! Fue lo único que le advirtió a SaKura del echo; bueno… eso, y que hacía un instante estaba de pie y al siguiente yacía despatarrado de espaldas al suelo con un dolor del demonio en la sien.



El repiqueteo de unos pasos sobre la madera barnizada fue lo que le advirtió a Sasuke de que ella se aproximaba. Genial, nada como hacer el imbécil frente al amor de tu vida para que ésta acudiera con la compasión de 10 hombres (y necesitaría la fuerza de otros tantos) si iba a intentar levantarlo o arrastrar su culo a algún sitio. ¿Cuánta más miseria se le iba a venir encima? ¿Es que el destino no tenía compasión?



-¿Se puede saber que estás haciendo en el suelo?



Sasuke indicó el armario superior con la puerta aún zarandeándose:



-Me golpeé con la manilla.



-¿En la cabeza?



-Eso parece. Menos mal que es dura, ¿huh?



Ella sonrió ante su humor tan fuera de lugar. Sakura se agachó a su derecha y le sostuvo la cabeza con ambas manos. Sasuke contuvo la respiración cuando ella retiró suavemente el cabello de su rostro para examinarle la frente, debía de tener un buen chichón (al menos se sentía como si lo fuese) y él era un bastardo egoísta por desearla de la forma que lo hacía.



La mirada preocupada de su cara era suficiente para hacer que quisiera hacerse daño otra vez para ver si ella se preocupaba aún más. Afortunadamente no era tan masoquista. Aún. Se puso en pie aferrándose con fuerza a uno de los taburetes y se sentó en él, con los codos apoyados en la mesa y una mano tapando parcialmente su rostro, ocultando así cualquiera de los pensamientos que invadían su mente. Esperó en silencio mientras Sakura volvía a tomar asiento, intentando que diese la impresión de que se tapaba el rostro debido al leñazo y no a la vergüenza.



Cuando estuvo lo suficientemente recuperado, se aclaró la garganta, tosió como quien no quiere la cosa y después investigó:



-¿ A qué tipo de posado te refieres?



-¿¿Um??



-Antes de la caída mencionaste algo al respecto de posar.



-¡Ah, si!...bueno….no es como si nunca antes hubieses estado parado frente a grandes multitudes de frescas, digo…de chicas, así que esto no debería ser un problema…



-Sakura, al grano.- Era imposible que le estuviese sugiriendo que modelase para ella desnudo, e incluso ligero de ropa. Hace ya mucho que tengo asumido esto, sé mejor de nadie lo absurdo que es mantener aún sentimientos por ella, el deseo de un amor unilateral; así que de ningún modo me auto torturaré al ir por esos derroteros. Pasar más tiempo con ella tan solo serviría para enamórame aún más y para darle nuevas oportunidades de que descubra todo lo que siento. Ya tengo presión suficiente tal y como están las cosas. Así que, no gracias.



-Te parecerá una locura –continuó ella- Pero eres el modelo perfecto, das completamente el pego. –Cuando vio que su hermano fruncía el ceño, Sakura aclaró- Es tu imagen Sasuke, la harmonía en tus movimientos, la elegancia de tus gestos, tu carisma. Todo tú. No dejo de darle vueltas al asunto y cuanto más lo medito más convencida estoy de que si no te pinto me arrepentiré. Y tú no querrías eso, ¿verdad?–cuando escuchó cómo él tomaba aíre sonoramente, Sakura supo que iba por buen camino- Sasuke, no importa como, no logro sacarte de mi mente. –aunque se moría de la vergüenza al admitirlo, no se interrumpió, era necesario que viese la honestidad en sus palabras si quería que él cooperase; no era tiempo de ser prevenida-Te veo arropado solo por una sábana o con la manopla del horno en la mano, con tu rostro vulnerable y relajado y….y….¡Dios, Sasuke! Eres hermoso….eres tan hermoso…. ¿No lo harías por mí? ¿Tan difícil te resultaría el posar un rato para mí?


Continuará....

Fanfic SasuSaku: Equilibrio Ciego

Cap.3: Arrojo


El tiempo pasa más rápido de lo que me gustaría, y aún así, ¿por qué me torturo por ello? Si es algo que no tiene solución, ¿por qué me irrita y enfurece?

El paso de las estaciones se escurre como arena entre mis dedos, no es algo que pueda controlar, pero aún así, intento aferrarme a ella. Tengo tanto que decir, tantas emociones por liberar…pero no consigo expresar ni lo uno ni lo otro. Ya ni siquiera conmigo mismo.




¿Cuántos años han pasado desde la última vez que me miré al espejo y no aparté la cara? ¿Cuántos desde la última vez que compuse una expresión sin estar fríamente ensayada? ¿Cuántos?



Y, lo mire por donde lo mire, todo son agravios. El mismo tiempo lo es. Todo se marchita, al igual que yo. Y lo más curioso es, que nadie a mí alrededor parece darse cuenta.



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Esta noche he vuelto a soñar con Sakura, cómo no. Pero esta vez las visiones son mucho más vívidas; con cada día que pasa las imágenes se tornan más y más tórridas, más sugerentes, más dolorosas. Nadie debería experimentar tamaña tortura. Nadie.



Ya soy esclavo de estas sensaciones…estoy temblando. Esta noche ya me es imposible pegar ojo.

Bajé de la cama, me embutí en unos pantalones de franela plateados que cuando me acuerdo empleo de pijama (tampoco es cuestión de andar desnudo de aquí para allá) y me dirigí hacia el salón; quizás la televisión consiguiese lograr lo que mi cuerpo se negaba a hacer: dormir, relajarse y descansar.



Nada más poner la mano en el pomo de la puerta, me di cuenta al sentir el frío tacto del suelo bajo mis pies, de que estaba descalzo; crucé la habitación y saqué un par de zapatillas de felpa del armario, la cuestión era no solo no helarme los pies, sino también hacer el mínimo ruido posible. Dudaba sinceramente de que mis padres hubiesen regresado a casa, probablemente aún estuviesen trabajando en la oficina, pero por si acaso….no era tiempo de despertarlos tampoco. Ni a ellos ni a Sakura.



Mientras atravesaba el ancho pasillo en dirección al salón me di cuenta de que había multitud de cuadros nuevos colgados de las paredes, ¿cuánto tiempo llevarían allí, y por qué era la primera vez que los veía? Por el amor de Dios, se suponía que aquella también era mi casa, pero no pasaba un solo día en el que no descubriese algo nuevo. ¿Tan despistado me había vuelto?



Me acerqué al cuadro más próximo que era además el que tenía el interruptor de las luces al lado. Lo presioné y di un paso hacia atrás, sorprendido ante la viveza de colores. Los trazos del pincel eran gruesos y extraños, como si quien lo hubiese coloreado, durante el proceso, hubiese estado enfadado, frustrado y/o irritado. Era una muy extraña combinación que hubiese hecho que la obra fuese un completo desastre, sin embargo el resultado final era casi hipnótico, absorbente. La imagen que devolvía el lienzo era a su manera elegante, instintiva y fugaz. No calificaría este trabajo como el hecho por un genio, ni mucho menos, pero sí que se reflejaba un cierto talento del artista, sus ganas y el esfuerzo.



En el cuadro aparecía retratada una pareja; la mujer inclinada sobre el hombre cubriéndole el cuello de besos (como evidenciaban los chupetones, que resaltaban como fresas en la nata) mientras sus manos trazaban los suaves contornos de su torso desnudo.



Me deslicé hacia el siguiente cuadro, en éste la situación era a la inversa. Las manos del hombre se deslizaban por debajo de los pliegues del vestido de ella, reteniéndola con suavidad, recorriendo con sus labios la piel nacarada de sus hombros.



El último lienzo era el más asombroso de los tres, pues no sólo era el doble de alto por ancho que los anteriores sino que la técnica era mucho más compleja. La escena retratada volvía a tomar como protagonistas a la misma pareja. Ambos estaban tumbados en la cama de costado, mirándose a los ojos. Ella trazaba caricias en su firme abdomen con una mano, y con la otra, describía círculos sobre las caderas de su amante. Él, a su vez, retiraba la sábana que los cubría.

Nunca había sido testigo de tanto erotismo junto, tanta provocación resaltada, y quisiese o no, mi mente me condujo a ese mismo lugar ocupando el mismo sitio del protagonista. Reviviendo las escenas una y otra vez con Sakura como amante.



Genial; ya ni siquiera la televisión podría lograr que echase una cabezada. La noche no estaba mejorando en lo absoluto, justamente ahora estaba incluso más despierto que antes (en todos los sentidos). Y…¡joder!...debía de estar más ido de lo que creía si la maniquí de la esquina (que empleaban como paragüero y cuelgaropa) empezaba a resultarme atractiva.



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Sakura había dormido como un bebé. El fuerte viento de la noche anterior era como una canción de cuna para sus oídos. Reconfortante, con un toque rústico de añoranza. Hacía semanas, meses incluso, que no dormía tan bien; normalmente siempre me despierto en una mala postura hacia la madrugada, haciéndoseme difícil el volver a dormirme, y sin embargo, ¿no era un milagro?



Salté de la cama y me vestí con las prendas de ropa que siempre preparo el día anterior, sujetas a una percha que cuelga del armario. Al ser viernes, tan sólo tendría clase por la mañana, y además era el único día de la semana en el que puedo llevar “prendas de libre elección”, lejos del ya muy visto uniforme negro y morado que establecía el reglamento.



Realmente nunca me importó ir igual al resto del alumnado, pero cuando te tiras así más de cinco años…empiezas a concebir la idea del cambio con otros ojos.



Me miré al espejo ataviada ya con unos legins grises y una camiseta negra tamaño XL, hasta casi las rodillas y con cuello de cisne. El único toque de color lo ponían las zapatillas deportivas blancas y unos imperdibles de colores que formaban soles en el velcro de mis mayas. Pero aún faltaba algo…suspirando, salí al corredor y me colé en el dormitorio de mi hermano.



Dirigiéndome hacia su tocador, plagado de CDs de música, apuntes desparramados y paquetes de chicle, abrí el segundo de los cajones, destinado al “santo grial”, a los complementos más “in” que te pudieras encontrar circulando por el mercado.



Me probé una gorra blanca con forma de “boina a la francesa”, si le colocaba alguno de mis imperdibles lograría que se me sujetase al moño, cavilé.



Haría cosa de 3 o 4 años, Sasuke también se colaba en mi cuarto para coger prestado algún que otro complemento, sobre todo cinturones o gafas de sol. Pero de un tiempo para aquí su conducta conmigo ha cambiado mucho. Me rehúye, apenas me habla o se preocupa por lo que me pase, a veces me pregunto…sino será que haya descubierto mi secreto, … sino será que me odie por algo que ya no está en mis manos.



¿Qué haces cuando intentas acercarte a alguien que se aleja cada vez más y más de ti?¿Qué puedo hacer para que Él vuelva a ser el de antes? No tengo la fórmula, y estoy dudando de que alguna vez pueda obtenerla. Por lo visto, nada de lo que hiciese era suficiente.



Siempre había creído que el que una relación cambie no significa que finalice, pero ahora ya no estoy tan segura.



Siempre se me ha dado bien iniciar una conversación, hacer que la gente se relajase a mí alrededor, que bajasen la guardia. Pero con Sasuke era otro cantar. A menudo parecía tan tenso…y estaba siempre tan serio que daba miedo el acercársele; y eso que es mi hermano…



Puedo contar con los dedos de una mano el número de chicos con los que he salido, y en ningún caso eran de lejos tan intimidantes como lo es Sasuke.



Ni siquiera Gaara, un amor de verano, quien parecía decir con la mirada “como te acerques, te mato” tiene ese aura de ser inalcanzable. O Sai, que con una sonrisa podía lograr poner a alguien en su sitio, sin necesidad de una mala contestación. Ambos eran capaces de irradiar ese tipo de mensajes telequinéticos.


Todo el mundo tiene su don, pero al parecer el mío no sirve para nada.


Un sonido brusco me hizo virarme. ¡Hay Dios! ¿Por qué tenía que pasarme a mí? Sasuke nunca estaba en casa, pero para una vez en semanas que entro a su cuarto, él tenía que estar presente; ¿sería gafe? Pero más importante aún, ¿debería irme pitando sin más o quedarme a darle algún tipo de explicación por mi intromisión?


Supuse que de haber sido la situación a la inversa hubiese preferido la explicación; así que me quedé plantada en el lugar, tan quieta como una estatua.

Supliendo el temor a una represalia, me aventuré a mirarle a los ojos.


El pelinegro estaba tumbado en su cama, con la sábana en parte en el suelo, en parte cubriendo “su moral”. Pestañeaba aún somnoliento y se pasaba una mano por la cara, como para espabilarse. Su cabello estaba tieso, en punta al puro estilo “Son Goku”, lástima no tener una cámara fotográfica a mano. Ese momento debería pasar a la posteridad.

Reprimiendo una sonrisa, y consciente de que mi hermano tiene un muy mal despertar, no me acerqué con sigilo, no quería ocultarme para que supiese que era yo y así no se asustase. Aunque no lograba imaginar a un Sasuke asustado, probablemente si se viese en peligro, aplastaría personalmente a sus demonios; de ahí que fuese más prudente aún el avanzar haciéndome notar, no me convenía que pensase que soy un ladrón o algo peor.

Me arrodillé junto al colchón justo a tiempo para escucharle emitir un leve jadeo, tan suave y breve que por un momento temí imaginarlo. Apoyaba su cabeza contra el cabecero de la cama, y la luz de la mañana reflectada en el espejo del armario, devolvía esos mismos destellos enfocándolos en un punto: su pecho candente.

¿Candente? ¿De donde me venía esa idea? No es que no supiera que mi hermano es un guaperas, pero…¡Santo cielo, eso era lo que creía que era!


Tan expuesto como estaba, me era imposible no fijarme en su cuerpo, y tras una mirada más a fondo, efectivamente, CANDENTE es el único adjetivo que le haría justicia.

Sasuke era uno de los pocos chicos que conocía que se preocupasen por su aspecto. Nunca lo verías con las puntas abiertas o un corte de pelo desfasado. Se afeita diariamente y usa una loción de colonia que causaba estragos entre una legión entera de admiradoras. Se perfilaba las cejas, se hidrata la piel y nunca jamás lo verías con un grano o una espinilla. Sasuke nunca.


Se podía decir que era el hombre perfecto si no tuviese un carácter tan agriado.

Mientras esperaba a que acabase de despertarse, y a la espera de reconocimiento, me tomé la libertad de reseguir su perfil.

Poseía unos hombros anchos, fuertes, del tipo que podían cogerte en volandas y transportarte donde quisieses. Sus brazos eran proporcionados, no demasiado musculosos, pero desde luego nada enclenques; y su torso era duro, compacto, de pectorales y abdominales suavemente definidos. Dos rosados pezones asomaban indiscretos, como uvas maduras; y casi sentí la tentación de acariciarlos para comprobar si eran al roce tan sensibles como los míos. Casi.



Una de las piernas de Sasuke estaba colgando fuera del colchón, mientras la otra estaba doblada hacia arriba, con el pie anclado en la cama. La sábana se había resbalado un poco más debajo de las caderas, y efectivamente, se intuía lo que era una de las mayores erecciones que había visto en vivo.



Sabía que era común entre los hombres las erecciones matutinas, pero nunca había vislumbrado a mi hermano en tales “formas”. No me sentía incómoda, la sábana lo tenía todo bien cubierto, tan solo se mostraba la insinuación de su gran…miembro; pero quizás él, si se daba cuenta, no solo de que estaba allí mismo sino de que lo había pillado in fraganti, sí se sentiría incómodo. Así que para evitarle la faena, agarré las mantas a pie de cama y lo cubrí hasta la cintura con ellas.



Disimular siempre ha sido mi fuerte; llevo toda mi vida fingiendo ser lo que no soy cuando por dentro estoy totalmente vacía, y si nadie se ha dado cuenta hasta ahora, es que soy mejor actriz de lo que creía. Me pregunto…¿hasta cuándo podré aguantar? Porque ¡Dios!, ser la reina del disimulo es tan agotador…me cansa tanto que hay instantes, solo momentos, en los que quiero acabar con todo, empezando por mí misma. Fundamentalmente después de…pero no, no quiero volver a recorrer esa senda. Solo necesito salir adelante y si yo no puedo, tal vez requiera que alguien me haga volver a la superficie, que alguien tire de mí,…y esa única persona es Sasuke.

Necesito su arrojo, su fuerza, porque la mía me rehúye, y si no puedo hacer que las cosas sean como antaño, entonces es que no hay cura para mí. Lástima.



Sasuke bostezó, pestañeó un par de veces y a continuación alzó una mano hacia mi rostro. Murmuró algo ininteligible y acarició con el índice la senda de mi mejilla. Era un gesto tan raro en él que casi me echo a llorar. No recuerdo la última vez que me abrazó, me dio un beso en la frente tras darme las buenas noches o me tendió una mano, no obstante, esta leve intención de afecto me conmovió. Pero no se lo haría notar, quería que estuviese conmigo porque quería volver a ser mi amigo, no por lástima o pena. Esas son emociones que no soporto. Pero como la reina del disimulo que soy, no me costará fingir una sonrisa, sobre todo teniendo como estimulante las pintas de mi hermano.

-Hola bello durmiente –Le dije. Subí un poco más su manta y le aparté un par de mechones errantes de la frente.

-Hola belleza andante –Su voz sonaba más grave y ronca tras el sueño. Y con ese piropo si que me entraban ganas de reír, esta vez de forma natural, nada actuado.

-¿Desde cuándo tienes tan buen despertar?

Él frunció el ceño mientras se sentaba en la cama. Al menos no parecía enfadado por pillarla en sus dominios, ni la había echado de allí. Todavía.

-¿Qué hora es? –Preguntó, buscando con la mirada el despertador.

-Hora de levantarse. Hace unos minutos hice café, creo…sí, seguirá caliente si quieres servirte un poco. Acabé con todas las magdalenas, pero aún quedan galletas y bollos de leche.

-Ah, vale –se enrolló la sábana a las caderas y se deslizó camino al guardarropa.

-¿Vendrás para cenar? –me aventuré a decir, antes incluso de darme tiempo siquiera a pensarlo. Odiaba cenar sola, probablemente por eso es que pasaba tanto tiempo en la casa de los demás. Pero desde que mi relación con Naruto terminó hace siete meses, estaba más sola que la una; y no estaría nada mal que alguien me hiciese la cena, para variar.


Él se detuvo en seco y me observó por encima del hombro.


-¿Si? –tanteó, no muy seguro de su respuesta.

-¡Genial! ¡Pues pásate después por el 24 horas, hoy cocinas tú.


Él sonrió, como si mi respuesta la hubiese visto venir. Después fijó la vista al frente y rebuscó en el armario; sacando una y después otra prenda, para a continuación dejarlas caer sobre la cama.


-¿Sakura?

-¿Si?


-No es que me moleste pero…¿se puede saber que haces en mi habitación?

-¡Ah, sí! bueno…verás…um…lo de siempre.


Él me miró socarrón.


-Robarte…quiero decir, tomar prestados algunos complementos.

-¿La próxima vez podrías al menos llamar a la puerta antes de entrar?


-Claro, por supuesto.

Ya se había puesto una camisa azul y el chaleco añil cuando se dispuso a preguntarme, aún con la sábana rodeando sus caderas:


-¿Me dejas acabar de vestirme o te quedas a mirar?

Parpadeé y atiné a decir: -Te veré por la noche, pues.


Al salir del cuarto cerré la puerta tras de mí con la vibración de un portazo. Y no alcancé a dar siquiera dos pasos antes de ruborizarme. ¿Ruborizarme? Imposible, sería por efecto del calor de la calefacción. Sí, seguramente.


Continuará…………..